IMHOTEP. EL PRIMER SABIO DE LA HISTORIA
El primer arquitecto que conocemos a partir de las fuentes escritas , o si se prefiere el primero de los artistas en la historia, fue Imhotep (que significa “el que viene en paz”). Más que por eso, su nombre trascendió por ser la segunda persona en importancia después del gran faraón de la III dinastía, Djoser, ya que acumuló los más grandes títulos: juez supremo, médico del faraón, astrónomo, jefe de los escribas, arquitecto mayor y jefe de los escultores del faraón. Desempeñando importantes funciones administrativas y religiosas como “el Canciller del rey del Bajo Egipto, Jefe bajo el mando del rey del Alto Egipto, Administrador del Gran Palacio, Noble Hereditario y Gran Sacerdote de Heliópolis. Debido al aprecio que le tenía este faraón, su vida y obras fueron mitificadas llegando incluso a convertirlo en el patrón de los maestros de obras(1).
A él se le atribuye la responsabilidad arquitectónica de una idea innovadora plasmada en el conjunto funerario de Saqqara, que veremos cómo influirá posteriormente en otros conjuntos funerarios como los de Guiza.
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| Fotografía de Hugosykes, en Pexels |
Como ocurrirá posteriormente a lo largo de toda la historia, los arquitectos constituían una casta o gremio en donde los secretos de la profesión se transmitían. En el caso del arquitecto del faraón se trata de un personaje que está estrechamente vinculado con la familia real, y viene de alguna manera ungido desde la cuna, por lo que su educación estaba ligada a la más elevada clase sacerdotal, formándose en los templos en los que se adquirían también conocimientos de ingeniería y de astronomía.
No pierdan de vista esta dualidad del conocimiento, místico y técnico de estos arquitectos reales ya que su obra máxima será el conjunto funerario del rey, una creación que permitirá el viaje del alma del faraón, e incluso la resurrección de su cuerpo, para unirse en las estrellas con los dioses. Especialmente en el Reino antiguo, esta capacidad para conseguir la inmortalidad, significaba disponer de conocimientos exclusivos y secretos, no debe por tanto extrañarnos lo poco que conocemos de las técnicas constructivas. No obstante debían de ser personas eminentemente prácticas. Su título profesional significaba “maestro constructor” y “supervisor de las obras”. Para una cultura donde la construcción de monumentos tenía una extraordinaria influencia social y económica, este puesto estaba en la cumbre de la jerarquía gobernante. Dentro de este contexto, se ha de entender en primer lugar que la arquitectura fuese el arte por excelencia en Egipto al que se supeditaban la escultura y la pintura; y, en segundo lugar, que el estilo se mantuviese por siglos, como corresponde al conservadurismo propio de su vinculación religiosa y tradicional.(2)
Tal vez, Imhotep no haya sido el arquitecto práctico al que se deben las novedades técnicas, si el supervisor de las obras, que tendría por funciones: organizar los trabajos, planificar los gastos, proporcionar la mano de obra necesaria motivada (no esclavos, sino orgullo), pagar los salarios e informar y rendir cuentas al faraón.
(1) En la época Ptolemaica su leyenda incluía la autoría del “Libro de los cimientos de los Templos”, que tenía que ser consultado por el rey y los sacerdotes para cualquier proyecto de construcción importante de la religión oficial.
(2) La deidad principal de la arquitectura y el cálculo era la diosa Seshat, conocida como “Señora de los constructores, de la escritura, y de la Casa de los Libros”. A veces se la sustituía por Thot, el dios de la ciencia, o por Ptah, el dios de las artes.


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